Sobre mí

Antes de convertir el cuerpo, la presencia y la expresión en el centro de mi trabajo profesional, fueron durante muchos años parte de mi propia historia.

He crecido rodeado de arte, danza, flamenco y escenario. Más adelante llegaron el teatro, la Gestalt, el coaching y el trabajo con grupos.

Durante mucho tiempo pensé que eran etapas diferentes de mi vida.

Hoy las entiendo como partes de una misma búsqueda.

Mis raíces artísticas

El arte estaba presente en mi vida mucho antes de que pudiera decidir dedicarme profesionalmente a él.

Crecí en una familia profundamente vinculada a la danza y al flamenco. Mis padres pertenecieron a una generación de artistas que hizo del escenario una forma de vida, viajando, creando y trabajando junto a algunos de los grandes nombres de la cultura española de su tiempo.

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Mi padre, Daniel Moya, fue guitarrista de Antonio Gades durante muchos años. Mi madre, María Medina, desarrolló desde muy joven una extensa carrera como bailarina y trabajó en compañías como las de Concha Piquer, Pilar López, Rosario, Antonio Gades y Antonio Vargas.

De ellos recibí mucho más que una profesión.

Recibí una determinada manera de entender el trabajo: disciplina, constancia, sensibilidad, capacidad de adaptación, pasión y respeto por el escenario.

También aprendí que detrás de aquello que el público ve existe siempre otra realidad: horas de ensayo, incertidumbre, cansancio, convivencia, miedo, exigencia y perseverancia.

Mi propia carrera como bailarín me llevó posteriormente a formar parte de compañías como el Ballet Nacional de España y el Ballet de Antonio Gades.

Durante años el cuerpo fue mi principal herramienta de trabajo.

Sin saberlo todavía, también estaba convirtiéndose en mi principal territorio de investigación.

El aprendizaje detrás del telón

El escenario me proporcionó experiencias extraordinarias.

Viajar, conocer países y culturas diferentes, trabajar con grandes profesionales y participar en proyectos artísticos exigentes amplió profundamente mi mirada sobre el mundo.

Pero la vida artística también me permitió conocer otra cara del oficio.

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La exigencia.

La comparación.

La exposición.

El miedo a equivocarse.

La necesidad de aprobación.

La relación con el propio cuerpo.

La identidad construida alrededor de una profesión.

Y la pregunta inevitable sobre quién eres cuando aquello que haces deja de darte todas las respuestas.

Con el tiempo comprendí que superar límites profesionales no significa necesariamente conocerse mejor.

El reconocimiento externo y el desarrollo interior no siempre avanzan juntos.

Esa diferencia comenzó a interesarme cada vez más.

Hubo además experiencias personales que transformaron mi manera de mirar la vida. La enfermedad y posterior pérdida de mi padre supusieron un punto de inflexión y abrieron un periodo profundo de preguntas, búsqueda y revisión de mi propia identidad.

Empecé a necesitar algo diferente.

No quería únicamente hacer.

Quería comprender.

Comprender qué nos mueve, qué nos detiene, cómo construimos nuestra identidad, por qué repetimos determinadas formas de relacionarnos y qué necesitamos para poder vivir con mayor conciencia y libertad.

Un nuevo camino

El teatro fue uno de los primeros lugares donde esa búsqueda pudo continuar.

La interpretación me permitió relacionarme con el cuerpo de otra manera. Ya no se trataba solamente de ejecutar un movimiento, sino de comprender el impulso que lo origina, la emoción que lo acompaña, la intención, la imaginación, la relación y la acción.

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Mi formación en el Estudio Corazza para la Actuación abrió una nueva etapa.

Después llegaron la Terapia Gestalt, el coaching y el trabajo con grupos.

Encontré en la psicología humanista una manera de entender a la persona que resonaba profundamente conmigo: no como alguien que necesita ajustarse a un modelo ideal, sino como un ser humano capaz de desarrollar mayor conciencia sobre sí mismo, reconocer sus recursos y ampliar sus posibilidades de elección.

La Gestalt me proporcionó una mirada sobre la conciencia, la experiencia presente, el cuerpo y la relación.

El coaching incorporó nuevas herramientas para trabajar con objetivos, decisiones, responsabilidad y cambio.

El análisis y la conducción de grupos me permitieron comprender algo que el escenario ya me había enseñado de otra manera: que nunca somos únicamente individuos aislados. También nos construimos en relación con los demás.

Poco a poco comprendí que no necesitaba abandonar mi trayectoria artística para dedicarme al desarrollo humano.

Todo lo contrario.

El verdadero camino consistía en integrarla.

Mi conocimiento del cuerpo no empezaba en un libro de psicología.

Venía de miles de horas de movimiento, entrenamiento, ensayo, exposición y escenario.

Mi comprensión de la expresión no era únicamente teórica.

Había pasado por la danza y la interpretación.

Y mi interés por acompañar a otras personas podía enriquecerse precisamente gracias a esa experiencia.

Ahí comenzó a tomar forma el trabajo que desarrollo hoy.

Mi propósito hoy

Actualmente trabajo en la intersección entre cuerpo, presencia, conciencia y expresión.

Acompaño a personas en procesos de desarrollo personal y profesional y trabajo especialmente con artistas y profesionales que necesitan desarrollar una relación más consciente y libre con su cuerpo, su expresión y su manera de estar ante los demás.

Leer más

No me interesa separar completamente lo artístico de lo personal.

Después de muchos años trabajando con el cuerpo he comprobado que nuestra manera de movernos, respirar, ocupar el espacio, expresarnos o relacionarnos dice mucho de cómo estamos organizando nuestra experiencia.

Por eso utilizo el cuerpo no como una técnica añadida, sino como una vía de observación y aprendizaje.

A veces el trabajo pasa por la palabra.

Otras veces por el movimiento.

Por una acción.

Por detenerse.

Por observar una tensión.

Por experimentar otra manera de ocupar el espacio.

Por reconocer aquello que ocurre cuando alguien nos mira.

Por permitir que aparezca una expresión que habitualmente contenemos.

Mi objetivo no es enseñar a las personas cómo deberían ser.

Es crear las condiciones para que puedan percibirse con mayor claridad, descubrir nuevas posibilidades y relacionarse con mayor libertad consigo mismas, con los demás y con aquello que hacen.

Después de muchos años recorriendo escenarios, salas de ensayo, aulas y espacios de desarrollo personal, cada vez tengo más clara una idea:

el cuerpo guarda una parte fundamental de nuestra historia, pero también contiene posibilidades que todavía no hemos explorado.

Ese es el territorio en el que quiero seguir trabajando.

Antes de convertir el cuerpo, la presencia y la expresión en el centro de mi trabajo profesional, fueron durante muchos años parte de mi propia historia.

He crecido rodeado de arte, danza, flamenco y escenario. Más adelante llegaron el teatro, la Gestalt, el coaching y el trabajo con grupos.

Durante mucho tiempo pensé que eran etapas diferentes de mi vida.

Hoy las entiendo como partes de una misma búsqueda.

Mis raíces artísticas

El arte estaba presente en mi vida mucho antes de que pudiera decidir dedicarme profesionalmente a él.

Crecí en una familia profundamente vinculada a la danza y al flamenco. Mis padres pertenecieron a una generación de artistas que hizo del escenario una forma de vida, viajando, creando y trabajando junto a algunos de los grandes nombres de la cultura española de su tiempo.

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Mi padre, Daniel Moya, fue guitarrista de Antonio Gades durante muchos años. Mi madre, María Medina, desarrolló desde muy joven una extensa carrera como bailarina y trabajó en compañías como las de Concha Piquer, Pilar López, Rosario, Antonio Gades y Antonio Vargas.

De ellos recibí mucho más que una profesión.

Recibí una determinada manera de entender el trabajo: disciplina, constancia, sensibilidad, capacidad de adaptación, pasión y respeto por el escenario.

También aprendí que detrás de aquello que el público ve existe siempre otra realidad: horas de ensayo, incertidumbre, cansancio, convivencia, miedo, exigencia y perseverancia.

Mi propia carrera como bailarín me llevó posteriormente a formar parte de compañías como el Ballet Nacional de España y el Ballet de Antonio Gades.

Durante años el cuerpo fue mi principal herramienta de trabajo.

Sin saberlo todavía, también estaba convirtiéndose en mi principal territorio de investigación.

El aprendizaje detrás del telón

El escenario me proporcionó experiencias extraordinarias.

Viajar, conocer países y culturas diferentes, trabajar con grandes profesionales y participar en proyectos artísticos exigentes amplió profundamente mi mirada sobre el mundo.

Pero la vida artística también me permitió conocer otra cara del oficio.

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La exigencia.

La comparación.

La exposición.

El miedo a equivocarse.

La necesidad de aprobación.

La relación con el propio cuerpo.

La identidad construida alrededor de una profesión.

Y la pregunta inevitable sobre quién eres cuando aquello que haces deja de darte todas las respuestas.

Con el tiempo comprendí que superar límites profesionales no significa necesariamente conocerse mejor.

El reconocimiento externo y el desarrollo interior no siempre avanzan juntos.

Esa diferencia comenzó a interesarme cada vez más.

Hubo además experiencias personales que transformaron mi manera de mirar la vida. La enfermedad y posterior pérdida de mi padre supusieron un punto de inflexión y abrieron un periodo profundo de preguntas, búsqueda y revisión de mi propia identidad.

Empecé a necesitar algo diferente.

No quería únicamente hacer.

Quería comprender.

Comprender qué nos mueve, qué nos detiene, cómo construimos nuestra identidad, por qué repetimos determinadas formas de relacionarnos y qué necesitamos para poder vivir con mayor conciencia y libertad.

Un nuevo camino

El teatro fue uno de los primeros lugares donde esa búsqueda pudo continuar.

La interpretación me permitió relacionarme con el cuerpo de otra manera. Ya no se trataba solamente de ejecutar un movimiento, sino de comprender el impulso que lo origina, la emoción que lo acompaña, la intención, la imaginación, la relación y la acción.

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Mi formación en el Estudio Corazza para la Actuación abrió una nueva etapa.

Después llegaron la Terapia Gestalt, el coaching y el trabajo con grupos.

Encontré en la psicología humanista una manera de entender a la persona que resonaba profundamente conmigo: no como alguien que necesita ajustarse a un modelo ideal, sino como un ser humano capaz de desarrollar mayor conciencia sobre sí mismo, reconocer sus recursos y ampliar sus posibilidades de elección.

La Gestalt me proporcionó una mirada sobre la conciencia, la experiencia presente, el cuerpo y la relación.

El coaching incorporó nuevas herramientas para trabajar con objetivos, decisiones, responsabilidad y cambio.

El análisis y la conducción de grupos me permitieron comprender algo que el escenario ya me había enseñado de otra manera: que nunca somos únicamente individuos aislados. También nos construimos en relación con los demás.

Poco a poco comprendí que no necesitaba abandonar mi trayectoria artística para dedicarme al desarrollo humano.

Todo lo contrario.

El verdadero camino consistía en integrarla.

Mi conocimiento del cuerpo no empezaba en un libro de psicología.

Venía de miles de horas de movimiento, entrenamiento, ensayo, exposición y escenario.

Mi comprensión de la expresión no era únicamente teórica.

Había pasado por la danza y la interpretación.

Y mi interés por acompañar a otras personas podía enriquecerse precisamente gracias a esa experiencia.

Ahí comenzó a tomar forma el trabajo que desarrollo hoy.

Mi propósito hoy

Actualmente trabajo en la intersección entre cuerpo, presencia, conciencia y expresión.

Acompaño a personas en procesos de desarrollo personal y profesional y trabajo especialmente con artistas y profesionales que necesitan desarrollar una relación más consciente y libre con su cuerpo, su expresión y su manera de estar ante los demás.

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No me interesa separar completamente lo artístico de lo personal.

Después de muchos años trabajando con el cuerpo he comprobado que nuestra manera de movernos, respirar, ocupar el espacio, expresarnos o relacionarnos dice mucho de cómo estamos organizando nuestra experiencia.

Por eso utilizo el cuerpo no como una técnica añadida, sino como una vía de observación y aprendizaje.

A veces el trabajo pasa por la palabra.

Otras veces por el movimiento.

Por una acción.

Por detenerse.

Por observar una tensión.

Por experimentar otra manera de ocupar el espacio.

Por reconocer aquello que ocurre cuando alguien nos mira.

Por permitir que aparezca una expresión que habitualmente contenemos.

Mi objetivo no es enseñar a las personas cómo deberían ser.

Es crear las condiciones para que puedan percibirse con mayor claridad, descubrir nuevas posibilidades y relacionarse con mayor libertad consigo mismas, con los demás y con aquello que hacen.

Después de muchos años recorriendo escenarios, salas de ensayo, aulas y espacios de desarrollo personal, cada vez tengo más clara una idea:

el cuerpo guarda una parte fundamental de nuestra historia, pero también contiene posibilidades que todavía no hemos explorado.

Ese es el territorio en el que quiero seguir trabajando.

El legado del que vengo

Esta historia profesional y personal no empezó conmigo.

Quiero conservar aquí una pequeña parte de la memoria artística de mis padres, Daniel Moya y María Medina, y de una generación de artistas con la que compartieron escenarios, viajes, ensayos y vida.

Leer más

Estas fotografías forman parte de mi historia familiar, pero también de una época fundamental de la danza y el flamenco en España.

Las comparto como reconocimiento a mis padres y a aquello que recibí de ellos: sensibilidad y humanidad, trabajo y constancia, amor por el arte y respeto por el oficio.

Comprender de dónde vengo también me ha ayudado a comprender hacia dónde quiero dirigir mi propio trabajo.

El legado del que vengo

Esta historia profesional y personal no empezó conmigo.

Quiero conservar aquí una pequeña parte de la memoria artística de mis padres, Daniel Moya y María Medina, y de una generación de artistas con la que compartieron escenarios, viajes, ensayos y vida.

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Estas fotografías forman parte de mi historia familiar, pero también de una época fundamental de la danza y el flamenco en España.

Las comparto como reconocimiento a mis padres y a aquello que recibí de ellos: sensibilidad y humanidad, trabajo y constancia, amor por el arte y respeto por el oficio.

Comprender de dónde vengo también me ha ayudado a comprender hacia dónde quiero dirigir mi propio trabajo.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

Sobre estas lineas, a la izquierda, Camarón, Paco de Lucía, Rancapino, Pepin Salazar y un chófer. Agachados, Daniel Moya (izda.) y Emilio de Diego.

SENSIBILIDAD Y HUMANIDAD

Daniel Moya

Leer más

Mi padre, fue una persona capaz de tender puentes entre mundos muy distintos. Era amigo de todos: de tener amistad con grandes artistas como Paco de Lucía, Antonio Gades o Joan Manuel Serrat, hasta compartir momentos y amistad con la persona más sencilla.

Su generosidad y cercanía hacían que cualquiera, sin importar su historia o procedencia, se sintiera a gusto a su lado.

Como artista fue el guitarrista personal de Antonio Gades durante muchos años, trabajando en escenarios por todo el mundo incluso dando conciertos con orquestas.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

La famosa “Farruca” de Antonio Gades (mi padre en el centro)

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

Foto en un ensayo de la Compañía de Gades en 1970. Entre otros, Cristina Hoyos (en el centro), el gran cantaor Juan Peña «El Lebrijano» (en el extremo dcho de pie), junto al gran bailaor Alejandro Vega y mi tío Quique Esteve. También (en el extremo izq de pie), Rafael Salazar «Caldera de Salamanca», hermano de Rafael Farina. Abajo, Juan Antonio Jimenez, pareja artística y personal de Cristina Hoyos (en cuclillas), junto Antonio Gades sentado en el centro (con calzado de jota aragonesa) y a continuación (en cuclillas por orden) sus guitarristas, Pepin Salazar, Emilio de Diego y mi padre Daniel Moya.

SENSIBILIDAD Y HUMANIDAD

Daniel Moya

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Mi padre, fue una persona capaz de tender puentes entre mundos muy distintos. Era amigo de todos: de tener amistad con grandes artistas como Paco de Lucía, Antonio Gades o Joan Manuel Serrat, hasta compartir momentos y amistad con la persona más sencilla.

Su generosidad y cercanía hacían que cualquiera, sin importar su historia o procedencia, se sintiera a gusto a su lado.

Como artista fue el guitarrista personal de Antonio Gades durante muchos años, trabajando en escenarios por todo el mundo incluso dando conciertos con orquestas.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
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Sobre estas lineas, a la izquierda, Camarón, Paco de Lucía, Rancapino, Pepin Salazar y un chófer. Agachados, Daniel Moya (izda.) y Emilio de Diego.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

La famosa “Farruca” de Antonio Gades (mi padre en el centro)

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

Foto en un ensayo de la Compañía de Gades en 1970. Entre otros, Cristina Hoyos (en el centro), el gran cantaor Juan Peña «El Lebrijano» (en el extremo dcho de pie), junto al gran bailaor Alejandro Vega y mi tío Quique Esteve. También (en el extremo izq de pie), Rafael Salazar «Caldera de Salamanca», hermano de Rafael Farina. Abajo, Juan Antonio Jimenez, pareja artística y personal de Cristina Hoyos (en cuclillas), junto Antonio Gades sentado en el centro (con calzado de jota aragonesa) y a continuación (en cuclillas por orden) sus guitarristas, Pepin Salazar, Emilio de Diego y mi padre Daniel Moya.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

Cartel de la película.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
Reproducir vídeo

Mi padre, a la guitarra, junto al gran genio innovador del flamenco, Vicente Escudero. Escena de la película “Con el viento solano” (1966), dirigida por Mario Camus y protagonizada por Antonio Gades.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
Reproducir vídeo

Programa de TVE “Galas del sábado” sobre Antonio Gades, bailando “Mirabrás”. Al cante el lebrijano y a la guitarra Emilio de Diego, Daniel Moya y Pepín Salazar.

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Cartel de la película.

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Mi padre, a la guitarra, junto al gran genio innovador del flamenco, Vicente Escudero. Escena de la película “Con el viento solano” (1966), dirigida por Mario Camus y protagonizada por Antonio Gades.

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Programa de TVE “Galas del sábado” sobre Antonio Gades, bailando “Mirabrás”. Al cante el lebrijano y a la guitarra Emilio de Diego, Daniel Moya y Pepín Salazar.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
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PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
TRABAJO Y CONSTANCIA

María Medina

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Mi madre, gran amante del flamenco, empezó desde muy niña, y ya con cinco años hacía pequeñas galas y bailaba con guitarrista. Con apenas 15 años era bailarina de Concha Piquer. Su tenacidad y constancia por el trabajo la hicieron recorrer el mundo en una época, donde solo pocos podían viajar.

 

Formó parte de compañías de grandes artistas de la época como las de Concha Piquer, Pilar López, hermana de la Argentinita (donde conoció a mi padre), Rosario, Rosa Durán, Antonio Gades y Antonio Vargas.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

Festival Internacional de Santander (1958). Mi madre (a la derecha del todo) entre bambalinas junto a Carmen Amaya (centro) y otras bailarinas.

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TRABAJO Y CONSTANCIA

María Medina

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Mi madre, gran amante del flamenco, empezó desde muy niña, y ya con cinco años hacía pequeñas galas y bailaba con guitarrista. Con apenas 15 años era bailarina de Concha Piquer. Su tenacidad y constancia por el trabajo la hicieron recorrer el mundo en una época, donde solo pocos podían viajar.

 

Formó parte de compañías de grandes artistas de la época como las de Concha Piquer, Pilar López, hermana de la Argentinita (donde conoció a mi padre), Rosario, Rosa Durán, Antonio Gades y Antonio Vargas.

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Festival Internacional de Santander (1958). Mi madre (a la derecha del todo) entre bambalinas junto a Carmen Amaya (centro) y otras bailarinas.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
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En la foto, la Compañía con Antonio Gades y Miguel Gila en el centro, abajo. Curra Jimenez, los Polacos y mis padres, en el extremo derecho, de pie, entre otros.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal

En la foto, la Compañía con Antonio Gades y Miguel Gila en el centro, abajo. Curra Jimenez, los Polacos y mis padres, en el extremo derecho, de pie, entre otros.

PASOATRES. Danza, Teatro y Crecimiento Personal
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